Historias de Familia

 

"En busca de un nuevo modelo social"

Hace 20 años, una pareja formada por Philip Camus y Nadia Buchniv arribaron al lejano oeste español. Un paisaje límpido de montaña, en la frontera con Portugal, se les mostró como la tierra fértil y pura donde plantar la semilla de un sueño: crear una escuela para aprender a vivir la vida con conciencia y presencia. La belleza del lugar era tal, que era imposible no querer protegerla y compartirla, y Lalita surgió con fuerza del fondo de sus corazones y de sus manos, que durante años se unieron a muchas otras  que ayudaron a construir un lugar emblemático, el cual lleva en los genes de su semilla realizar un ejemplo de otra manera de vivir y habitar el mundo.

En esa primera etapa fueron surgiendo cada uno de los edificios;  el Templo, que sin estar adscrito a ninguna forma religiosa permite habitar todas las formas. Monjes tibetanos llegados de Dharamsala o  monjes theravadas de Birmania realizaron durante varios años retiros de meditación que han bendecido el lugar con sus ensalmos; profesores de filosofías diversas han disertados sobre sus alfombras artesanales, o distintas clases de yoga han buscado encontrar con sus posturas la bienaventuranza de estar vivos.

Todos los edificios fueron naciendo de las profundidades creativas del nombre que eligieron para la Escuela: Lalita (una diosa del panteón hindú), que representa en una de sus múltiples acepciones, la belleza en acción, y que ha inspirado toda su arquitectura. Como decía Platón, la belleza es el esplendor de la verdad, y por eso puede combatir la ignorancia del mundo, iluminándolo con la firme suavidad de su armonía. Así fueron surgiendo con gracia arquitectónica, el albergue que simula un águila de alas desplegadas, en el que el instinto de juego surge en cuanto entras, pues se despierta el alma de niño, la misma con la que Philip construyó cada espacio pensando en esa infancia que no nos podemos permitir perder. La biblioteca que simula los ojos abiertos de un gran búho vigilando y conteniendo la sabiduría, y el taller de carpintería, que está bajo sus alas. El comedor con capacidad para ochenta personas, cuya cima representa las escamas de un dragón dormido y que ha sido espectador de memorables tertulias junto al fuego.

Año tras año, con la colaboración del paisanaje de la zona, que vivió como una auténtica revolución la llegada de los primeros neorrurales a la zona, y con la colaboración de amigos y residentes temporales, se fue construyendo cada detalle bajo la mirada atenta de sus promotores, como un canto a la belleza que nacía de una creatividad inspirada por la dimensión del paisaje que les rodeaba: arroyos de montaña, límpidos y puros bajaban frescos y cantarines desde la montaña Jálama, regando con su vida la fertilidad del valle, castaños centenarios, bosques de robles, hogar de todo tipo de fauna, nutrias, tejones, jinetas, “golosinas”, culebras…biodiversidad en estado puro.

Las asociaciones de desarrollo rural apostaron por el proyecto, y los fondos Leader gestionados por ADISGATA (Asociación para el Desarrollo Integral de la Sierra de Gata) y la cofinanciación de la Junta de Extremadura ayudaron a seguir construyendo el sueño.

El valle del Linar se fue convirtiendo así, en un pequeño cosmos, en un pequeño poblado, pues era necesario acoger a las múltiples personas que bien querían compartir la realización del sueño o simplemente aprovechar la hospitalidad de Lalita, y descansar del ritmo frenético de las ciudades, o incluso transformar sus vidas; pues muchos, después de su estancia en Lalita, abandonaron sus estresante vidas y eligieron seguir el ejemplo y regresar a la tierra, al campo olvidado y denostado por la civilización de los urbanitas, y al que este floreciente grupo humano de retornados le intenta devolver su dignidad perdida, recuperando, no sin esfuerzo, las tareas de antaño. Así surgió el barrio, un pequeño residencial, que hoy en día sigue acogiendo a voluntarios que a cambio de comida, alojamiento y la interacción con el tiempo mágico que ocurre en el lugar, ofrecen varias horas al día para atender la multidiversidad de tareas que una finca de 10 hectáreas demanda a diario.

Los nuevos edificios se iban entretejiendo con la belleza de los jardines, que surgieron inspirados bajo la inspiración de Nadia, la cual entre medias  de los bancales de  olivos, abandonados hacía décadas, por una población rural a la que no se valora su trabajo, iba sembrando flores y arbustos, refugio para la mirada y para decenas de variedades de pájaros. Los árboles  iban creciendo alegres y regalaban su sombra a los cientos de visitantes que empezaron a llegar de todas partes del mundo, como peregrinos a un lugar, que boca a boca fue haciéndose conocido desde América a Japón.

El círculo se creó para acoger la celebración que producía el encuentro de tantas nacionalidades sin fronteras y es uno de los edificios emblemáticos de Lalita, que con 220 metros cuadrados diáfanos, acoge en un alarde de inspiración arquitectónica -su techo fue una verdadera inspiración que mezcla técnicas normandas con tibetanas-, la mayoría de los cursos relacionados con el crecimiento personal, que es una de las patas del proyecto actual. En 1998 los cuatro edificios principales estaban terminados y Lalita fue inaugurado como “Lalita Albergue Rural y Granja Escuela.”

Beatriz de Sálama